martes, 25 de octubre de 2011

Con la responsabilidad de estar a la altura de la historia, el pueblo y Cristina.

Seguramente la sensación de euforia, de entusiasmo, de alegría persistirá por muchos días. Ahora que la posibilidad de construir los sueños es concreta, la emoción es inconmensurable.


Esa alegría debe ser el soporte con el cual llevar la enorme responsabilidad del gran triunfo de Cristina. Una responsabilidad, que si seguimos el orden del título la podemos pensar así:

- Las experiencias de los gobiernos populares y democráticos en la argentina a lo largo de su historia, han sido en muchos casos fatalmente truncos: desde el golpe del ’30, la revolución libertadora en el ‘55, la muerte de Perón en el ’74, hasta la dictadura militar en el 76, o el golpe de mercado en el ’89. Por lo tanto un tercer mandato consecutivo, legitimado por una extensa mayoría es una experiencia inédita. Constituye sin dudas un momento único que concentra la recomposición de esas interrupciones, un tiempo privilegiado para saldar las deudas de esa historia.

-  El pueblo, nuestro sujeto histórico privilegiado, depositó su voto de confianza. Más allá del trabajo incesante  de los militantes, es el pueblo (concreto) el que sostiene el proyecto nacional y popular. De ese modo cada acción que sostengamos debe estar dirigida a honrar la confianza de todos los que pusieron sus esperanzas, ilusiones, y certezas en las urnas: amas de casa, trabajadores, docentes, jubilados, pequeños comerciantes.  Cada uno de ellos es un nombre propio y una historia particular, que debe ser escuchada, tenida en cuenta. Sostener sus demandas, inquietudes, comprender sus reclamos, es un horizonte de acción irrenunciable.

- Cristina. Cada militante debe proponerse como meta personal estar a la altura de su enorme dirigente. En su valentía, en el coraje de encarar los destinos del país nuevamente superando heridas personales, en su discurso metódico, medido y nunca “neutro”; en su accionar diario, encontramos un ejemplo superlativo de accionar político, de vocación popular, de conciencia histórica.

Con todo esto llega el tiempo de la construcción, la acción propositiva, la profundización. Ya no se trata de remar cuesta arriba, de sentirnos en batalla permanente. Ahora debemos trabajar astutamente, de redoblar los esfuerzos por la organización, de formarnos, de comprometerse aun más con el trabajo territorial, de articular las demandas con las herramientas del Estado, de procurar llegar a cada compañero que aun no fue alcanzado por el modelo, de tener una visión superadora sobre los conflictos políticos menores y nuestro adversarios políticos, de suspender egos, y separaciones estériles.
Este es el tiempo en que el suelo de la historia vibra. Estemos a su altura.


 El domingo, estuvimos en el Teatro Municipal. Fue una fiesta.

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